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Resumen

Concebida en el alma de un emperador visionario, San Petersburgo es la hija adoptada de Rusia. Con sus estrictas líneas geométricas y su arquitectura perfectamente planeada, tan poco común en las ciudades rusas anteriores a ella, San Petersburgo es prácticamente demasiado europea para ser rusa. Y a la vez, es demasiado rusa para ser europea. La ciudad es una poderosa combinación del Este y el Oeste, emanada de la voluntad y la pasión de su fundador, el Zar Pedro el Grande (1672-1725), para guiar una Rusia que se rehusaba a integrarse al resto de Europa, y por consiguiente a la corriente principal de la historia. Eso lo logró, y aún más.

"La ciudad más abstracta y deliberada de la tierra", para citar a Fiódor Dostoyevsky, llegó a ser la cuna de la literatura rusa, escenario del Raskolnikov de Dostoyevsky y el Eugenio Onegin de Pushkin. Desde allí, Tchaikovsky, Rajmáninov, Prokofiev y Rimsky-Korsakov procedieron a conquistar el mundo de los sentidos con la inconfundible música rusa. Fue en San Petersburgo que Petipa inventó y Pavlova, Nijinsky y Ulanova perfeccionaron el ballet clásico, la forma más aristocrática de todas las danzas. Posteriormente, a principios del siglo XX, Diaghilev cautivó al mundo occidental con las presentaciones de sus Ballets Rusos. Al llegar el siglo XVIII las emperatrices mandaron comparecer a grandes arquitectos para que construyeran palacios de mármol, malaquita y oro. Un siglo más tarde, fue aquí donde los orfebres de Fabergé crearon esos objetos de valor incalculable que han coronado, a partir de entonces, las colecciones de la realeza y los millonarios.

La grandiosa nueva capital del floreciente imperio ruso se construyó en 1703, de cara a Europa y de espaldas al reaccionario Moscú, que había sido hasta ese momento la capital del país. A diferencia de algunas ciudades, no fue creada mediante un proceso de desarrollo gradual y airoso, sino que se construyó por la fuerza, piedra por piedra, bajo el poder y dirección de Pedro el Grande, en honor de cuyo santo patrono recibió la ciudad su nombre. Tal y como la capital de los Estados Unidos de Norteamérica, Washington, D.C., surgió de un pantano, lo mismo ocurrió con la ciudad de Pedro. Era un logro prácticamente imposible, por lo cual muchos hombres obligados a trabajar, murieron mientras ponían los cimientos de esta ciudad que se decía fue construida sobre huesos y no sobre pilotes. Como lo planteó una de las principales luminarias francesas del siglo XIX, la escritora Madame de Staël: "La fundación de San Petersburgo es la mayor prueba de ese apasionamiento de la fuerza de voluntad rusa que no sabe que algo es imposible".

Aunque los exigentes planes de Pedro pretendían que su capital fuera equivalente a las grandes ciudades de Europa, siempre tomaron en cuenta los atributos únicos de la ciudad. Pedro sabía que la fuente de vida de su ciudad era el agua y bien fuese construyendo palacios, fortalezas o estaciones de comercio, nunca falló en cuanto a que sus creaciones sirvieran a ese elemento. Al estar casi a nivel del mar (siempre hay una amenaza constante de inundaciones), la ciudad parece surgir directamente de las aguas que la rodean. La mitad del Río Neva se encuentra dentro de los límites de la ciudad. Cuando fluye al Golfo de Finlandia, el río se subdivide en el Gran y el Pequeño Neva y el Gran y el Pequeño Nevka. Junto con numerosos afluentes, se mezclan para forman un elaborado delta. El agua entreteje su camino también a través de las calles. Incorporando más de 100 islas y cruzada de lado a lado por más de 60 ríos y canales, a menudo se compara a San Petersburgo con esa otra gran ciudad marítima, Venecia, excepto por su atractivo nórdico.

Incluso en períodos de dificultad económica y crisis políticas, los relucientes palacios imperiales de San Petersburgo enfatizan el porte real de la ciudad, más aun bajo la fría luz del invierno ruso. Las coloridas fachadas de las propiedades a la orilla del río brillan suavemente durante los largos días de verano en contraste con el azul profundo de las aguas del Neva. Entre junio y julio, cuando la ciudad cae bajo el hechizo de las Noches Blancas o "Belye nochy", la tenue media luz crepuscular impregna las calles y los canales con un aura todavía más delicada. En esa época después del solsticio de verano (por lo general, desde junio hasta principios de julio), desaparece la oscuridad de la noche, para ser remplazada por una luz crepuscular que no dura más de 30 a 40 minutos. Para honrar ese fenómeno mágico, el calendario cultural de la ciudad se adorna con festivales musicales y eventos de gala.

San Petersburgo no es únicamente su panorama de cuento de hadas, porque su historia está íntegramente ligada así mismo, al lado oscuro de Rusia, una larga procesión de siglos de guerras y revoluciones. En el siglo XIX, la ciudad fue testigo de la lucha contra la opresión zarista. Aquí se prendieron las primeras llamas de la revolución, primero en 1825 por una pequeña banda de oficiales soñadores aristócratas, conocidos como los Decembristas y más tarde por movimientos de trabajadores organizados en 1905. Las revoluciones a gran escala de 1917 condujeron a la desaparición de la dinastía de los Romanov, la fundación de la Unión Soviética y al fin del papel de San Petersburgo como capital de la nación, cuando Moscú reclamó ese título. Mas, la prueba más dura llegó con la Segunda Guerra Mundial, cuando la ciudad, conocida en ese entonces como Leningrado, resistió un sitio y bloqueo de 900 días, por parte de las fuerzas Nazis. Cerca de 650,000 personas murieron de hambre y 17, 000 más fueron asesinadas en redadas aéreas y como resultado de un bombardeo indiscriminado. Miles más murieron por enfermedades.

Durante el curso de su breve historia se ha cambiado tres veces el nombre de San Petersburgo. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, se convirtió en Petrogrado que sonaba más ruso. Tras la muerte de Lenin en 1924, se volvió a llamar Leningrado en honor del líder soviético. Posteriormente al fallado golpe de estado de agosto de 1991, el cual aceleró la desaparición de la Unión Soviética, la ciudad recuperó su nombre original, el cual se le devolvió por voto popular, en la primera ocasión que los residentes de la ciudad tuvieron para decidir al respecto. Hubo quienes se opusieron al cambio, principalmente porque los recuerdos del sitio de Leningrado y la Segunda Guerra Mundial se habían convertido en parte indeleble de la identidad de las ciudad. Aunque con toda la controversia que ha rodeado al nombre, los residentes en general se han referido a la ciudad, sencilla y cariñosamente como Peter.

En mayo de 1993, para conmemorar el aniversario número 300 de la ciudad, el gobierno gastó más mil millones de dólares en la restauración de San Petersburgo a su esplendor prerrevolucionario, remozando mansiones y palacios, repavimentando las calles y organizando festivales y celebraciones. Más que nunca antes, autobuses cargados de turistas vienen a recrear sus ojos en los palacios en tonos pastel, iglesias relucientes y ese maravilloso depósito de obras de arte, el Hermitage.

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