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Tokio es el estado del arte en el mercado financiero, donde miles de millones de dólares son transados electrónicamente alrededor del mundo cada día, en un abrir y cerrar de ojos. Una ciudad de asombrosa belleza en los pequeños detalles, Tokio también tiene algunos de los edificios más feos del planeta y genera más de 20.000 toneladas de basura al día.
La vida fue más simple aquí en el siglo XII, cuando Tokio era una pequeña villa pesquera llamada Edo (pronunciado "e-do"), cerca de la boca del Sumida-gawa en la Kanto Plain. El Kanto fue un granero estratégico, grande y ferti, que por los siguientes 400 años fue gobernado por una sucesión de guerreros y otros dictadores. Uno de ellos, Dokan Ota, construyó el primer castillo en Edo en 1457. Ese acto permanece oficialmente como la fundación de la ciudad, pero el honor pertenece realmente a Ieyasu ("i-e-ya-su"), el primer general Tokugawa, quien arribó en 1590. Una figura clave en las guerras civiles del siglo XVI.
Para 1680 había más de un millón de personas aquí, y una gran ciudad había crecido de los juncos en las tierras bajas pantanosas de la Bahía Edo. Tokio puede solo ser comprendido realmente como un jo-ka-ma-chi -- una ciudad de castillos. Ieyasu había luchado su llegada hasta el gobierno, y tenía la preocupación de los guerreros por la geografía de su capital. Edo-jo (El castillo Edo) tenía la tierra alta, pero eso no era suficiente, a su alrededor, en puntos estratégicos, él dio grandes estados a aliados y a sus empleados de confianza. Estas villas de los caballeros menores también serian guarniciones, puestos fronterizos en un perímetro de defensa.
Mucho más lejos mantuvo los barones en quienes menos confiaba de todos -- a quienes controlaba saqueando sus tesoros. El les requería que mantuvieran grandes y costosos establecimientos en Edo para contribuir generosamente a los templos que el dotaba; para ir y venir en años alternos en pomposas ceremonias, y cuando regresaban a sus estados para dejar sus familias -- en efecto, rehenes --.
Todo esto, el Edo de estados feudales, de villas, jardines y templos, estaba al sur y al oeste de Edo-jo. Era llamado Yamanote -- el Bluff, la zona residencial. Aquí todo era orden, disciplina y ceremonia. Cada hombre tenía su rango y sus deberes (muy pocas mujeres estaban dentro de las guarniciones). Casi desde el principio, esos deberes eran más burocráticos que militares. Las precauciones de Ieyasu funcionaron como un talismán y la dinastía Tokugawa disfrutó de 250 años de una paz ininterrumpida.
El gobierno fue derrocado en 1867. El siguiente año el Emperador Meiji mudó su corte de Kyoto a Edo y la renombró Tokio: la Capital Oriental. Por ahora la ciudad era el hogar de cerca de 2 millones de personas, y la geografía era enormemente más compleja. En cuanto creció, se convirtió no en una, sino en muchas pequeñas ciudades, con diferentes centros de comercio, gobierno, entretenimiento y transporte. En Yamanote surgió el emporio comercial, edificios de oficinas, salas públicas que hicieron la arquitectura de un estado moderno emergente.
Los bombardeos de 1945, dejaron a la mayor parte de Tokio en escombros. Ese desastre total podría haber sido una oportunidad para reconstruir con el orden racional de ciudades como Kioto, Barcelona o Washington. Ningún plan como ese fue hecho nunca. Tokio revirtió a escribir: se convirtió una vez mas en una agrupación de pueblos pequeños y villas. Una villa era muy parecida a cualquier otra, el núcleo era siempre el shoten-gai, la galería comercial. Las personas rara vez se mudaban de estas villas. Las enormes olas de nuevos residentes quienes llegaron después de La Segunda Guerra Mundial -- más o menos tres cuartas partes de las personas del área metropolitana de Tokio hoy, nacieron en otras partes -- sólo crearon más villas. La gente que vivía en las villas conocía sus alrededores, así que no había necesidad en particular de darle nombre a las calles.
Los forasteros casi nunca se aventuraban muy lejos dentro de los laberintos de Tokio residencial. Especialmente para viajeros, la ciudad se define así misma por sus centros de comerciales, culturales y de entretenimiento: Ueno, Asakusa, Ginza, Roppongi, Shibuya, Harajuku, y Shinjuku. Tokio es realmente todavía dos áreas, Shitamachi y Yamanote. El corazón de Shitamachi, orgulloso y terco en las vías de Edo, es Asakusa, la línea divisoria es Ginza, al oeste de donde quedan las boutiques y tiendas por departamentos, los bancos y los centros de gobierno, las placenteros domos y cafés. Hoy hay 13 líneas de metro subterráneo en completa operación que intercomunican las dos áreas.
Tokio no tiene un horizonte extraordinario, ni prevalece un estilo de arquitectura. Muchos de los edificios son simplemente grotescos. En general Tokio no es una ciudad atractiva -- ni tampoco elegante -- y ciertamente no es serena. El ritmo de la vida esta unido a la asombrosa característica de la población: dentro de un radio de 36 km (22 mi) del Palacio Imperial viven casi 30 millones de almas, todas ellas con apuro y todas consumidoras feroces --no solo de cosas sino de cultura y ocio. La ciudad es un magneto, y hay razones muy reales de por que atrae a tantos a su ocupado y fascinante corazón.
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